En la mitología
griega
(en griego antiguo Κάανθος), era
un hijo de Océano y hermano de Melia.
Fue enviado por su padre a buscar a su hermana que había sido raptada, y la halló en poder de Apolo. Siendo imposible rescatarla de sus manos, arrojó fuego a la arboleda sagrada de Apolo, llamada Ismenio. El dios mató entonces a Caanto con una flecha. Su tumba era mostrada por los tebanos en el lugar donde murió, cerca del río Ismeno.
La llave menor de Salomón habría afirmado que Caacrinolas ofrecería el conocimiento de las artes liberales, enseñaría cosas del pasado y las que están por venir, incitaría al derramamiento de sangre y es el autor de todos los homicidios, y tendría la capacidad de hacer nacer el amor entre amigos y enemigos, el poder de hacer invisible al hombre, además de «presagiar muy bien lo futuro
Le obedecerían treinta y seis legiones.
Era el barquero del Hades, el encargado de guiar las sombras errantes de los difuntos recientes de un lado a otro del río Aqueronte; elegía a sus pasajeros entre la muchedumbre que se apilaba en la orilla del Aqueronte, entre aquellos que merecían un entierro adecuado y podían pagar el viaje (entre uno y tres óbolos), razón por la cual en la Antigua Grecia los cadáveres se enterraban con una moneda bajo la lengua. Aquellos que no podían pagar tenían que vagar cien años por las riberas del Aqueronte, tiempo después del cual Caronte accedía a portearlos sin cobrar. Aunque con frecuencia se dice que porteaba las almas por el río Estigia, como sugiere Virgilio en su Eneida, según la mayoría de las fuentes incluyendo a Pausanias y más tarde Dante el río que en realidad transitaba Caronte era el Aqueronte. En Las Ranas, Aristófanes muestra a Caronte escupiendo insultos sobre la gente obesa.
Se le representaba como un anciano, de larga barba descuidada, ojos llameantes, flaco y gruñón de ropajes oscuros y destrozados, y con antifaz (o, en ocasiones, como un demonio alado con un martillo doble).
Se desconocen los motivos por los que Caronte dejó pasar a Heracles (Hércules), pero a causa de ello Caronte fue encarcelado un año con la acusación de haberle dejado pasar sin haber obtenido el pago habitual exigido a los vivos: una rama de oro que proporcionaba la sibila de Cumas.
En la mitología griega, el nombre de Cárope puede referirse a: un héroe tracio.
Padre de Eagro y abuelo de Orfeo; se le atribuyen los orígenes del orfismo.
Avisó al dios Dioniso del complot de Licurgo de Tracia contra él. El dios derrotó a Licurgo y a sus tropas tracias en una batalla. En agradecimiento entregó a Cárope el reino de los tracios y fue recompensado con el conocimiento de ritos secretos.
CÁROPE o CÁROPO
En la mitología griega, el nombre de Cárope o Caropo puede referirse a: un defensor de Troya.
Hijo de Hípaso y hermano de Soco.
Fue asesinado por Odiseo.
En la mitología
griega, el
nombre de Cárope o Caropo puede
referirse a: marido de Oia, hija de Céfalo y epónimo del demo ático de Oia.
CÁROPE o CÁROPO
En la mitología griega, el nombre de Cárope o Caropo puede referirse a: un perro de Acteón.
CÁROPE o CÁROPO
En la mitología griega, el nombre de Cárope o Caropo puede referirse a: un rey de Cime.
Esposo de Aglaya y padre de Nireo.
Se dice que Carpo nació de la unión entre Céfiro y Cloris, obteniendo así el poder de hacer crecer y dar sabor, color y vida a las frutas.
Es el
príncipe de las Potencias; y el diablo de los despiadados.
Según
la mitología griega, era un hijo de Licaón.
En la mitología griega, era hija del rey Príamo y de la reina Hécuba de Troya, y hermana gemela o melliza de Heleno.
Vaticinó la caída de Troya a causa de su hermano Paris, advirtió a sus compatriotas contra el caballo de madera
Finalmente vaticinó la muerte de Agamenón, la suya propia y la de sus dos hijos en Argos, pero nunca fue creída.
Terminada la guerra de Troya, Agamenón regresa a sus posesiones con Casandra, que le había sido concedida como parte del botín. Juntos habían tenido dos gemelos y estaban muy enamorados, pero al regresar a Micenas, tal y como había predicho, murieron tanto ella como Agamenón y sus hijos a manos de Clitemnestra, esposa de Agamenón, y de su amante Egisto.
Existen varios personajes con este nombre en la mitología griega (en griego antiguo Κασσιέπεια o Κασσιόπεια): era hija de Arabio.
Tratando de salvar Etiopía, Cefeo y Casiopea consultaron a un oráculo, que les indicó que el único modo de apaciguar al dios del mar era ofrecerle a su hija en sacrificio. Andrómeda fue despojada de sus ropas y encadenada a una roca al borde del mar, a la espera de morir a manos del monstruo. Sin embargo, el héroe Perseo, que regresaba de matar y decapitar a Medusa, se enamoró de la joven cautiva y utilizó la cabeza del monstruo para vencer al monstruo convirtiéndolo en coral, con lo que salvó la vida de Andrómeda y, finalmente, se casó con ella.
No queriendo dejar a Casiopea sin
castigo, Poseidón la situó en los cielos atada a una silla en una posición tal
que, al rotar la bóveda celeste, queda cabeza abajo la mitad del tiempo. La
constelación de Casiopea se asemeja
a este trono, que originalmente representaba un instrumento de tortura. Casiopea no
siempre se representa atada a la silla como tormento; en algunas imágenes
posteriores sostiene un espejo, símbolo de su vanidad, mientras que en otras
sostiene una hoja de palma, un simbolismo que no está esclarecido.
Otra tradición la considera esposa de Fénix, el hijo de Agénor, y madre de Carme.
Existen varios personajes con este nombre en la mitología griega: la mujer de Eneo y madre de Tideo (también se le da como madre a Peribea).
CASIOPEA
Existen
varios personajes con este nombre en la mitología griega: la madre
de Atimnio, que tuvo de Zeus.
Según la mitología grecorromana, era la esposa de Metabo, rey de los Volscos, y madre de Camila.
Catequil provocaba el trueno, el relámpago y el rayo al disipar con su honda.
Famoso por sus oráculos.
Nieto de Atajujo.
Hijo de Guamechiro y Cautaguan.
Su mito narra como Huamanchuri, hijo del dios creador Ataguju, logró seducir a Cautaguan, a la que dejó encinta. Descubiertas estas relaciones por los hermanos de la joven, dieron muerte a Huamanchuri y dispersaron sus huesos a los vientos. Cautaguan dio a luz dos huevos que fueron empollados por el sol. De esos huevos nacieron los gemelos celestes Catequil y Piguerao. Catequil resucitó a su madre, quien le dio las hondas para que exterminase a la población que había dado muerte a su padre. Asi lo hizo, tras lo cual ascendió a los cielos y explicó su acción a su abuelo Ataguju y le dijo que debía repoblar la tierra.
De esta nueva creación nació la raza de los Huamachucos.
CATHBAD o CATEAD
Es el nombre de varios personajes de la mitología grecorromana: era hermano de Tiburto.
Intervino en la fundación de Tibur.
CÁTILO
En la mitología griega, era hijo de Minos y Pasífae, soberanos cretenses.
Un oráculo le había advertido de que moriría a manos de uno de sus hijos, que eran cuatro: tres mujeres, Aérope, Clímene y Apemósine, y un varón, Altémenes.
Catreo intentó ocultar el oráculo a sus hijos pero al final
Altémenes y Apemósine se enteraron, y para evitar que se cumpliera el vaticinio
se trasladaron voluntariamente a Rodas y allí fundaron Cretenia, en recuerdo de su patria.
A Catreo el comportamiento de los dos chicos le hizo pensar y
decidió asegurarse, por lo que procedió a entregar a un tal Nauplio, un comerciante experto en estas cuestiones, a las otras dos
hijas, para que las vendiera como esclavas en el extranjero.
Pero los años fueron pasando y viejo ya, Catreo tuvo un ataque de
amor paterno-filial y deseó legar el trono a su hijo. De manera que salió en su
busca y se hizo a la mar, rumbo a Rodas. Cuando desembarcó rodeado de sus
seguidores, unos boyeros les confundieron con piratas que pretendían hacerse
con su ganado. Y aunque protestó e intentó dar a conocer su verdadera
identidad, el ladrido de los perros que cuidaban el ganado impidió que sus
atacantes le entendieran, por lo que procedieron a lapidarlos. Por fin, apareció Altémenes, que remató al viejo con su jabalina.
Cuando el pobre hombre se enteró de lo que había hecho, fue tragado por la
tierra a petición propia. El oráculo, como en tantas ocasiones,
inexorablemente, se cumplió.
Aérope fue entregada (o vendida) por Nauplio a Plístenes, rey de Argos y padre de Atreo. A la muerte de Plistenes, casó con Atreo; de esta unión nacieron Menelao y Agamenón (de Aérope, Atreo y Tiestes circulan versiones diferentes).
Helena fue raptada por Paris mientras Menelao asistía a los funerales de su abuelo Catreo, padre de Aréope.
Según la mitología griega y romana, era nodriza de Eneas que fue enterrada en un puerto del Lacio donde se levantaría una ciudad con su nombre (actual Gaeta).
En la
mitología grecorromana, era un héroe itálico, supuesto fundador de Preneste y
aliado de Turno contra
Eneas.
CÉDICO
Existen varios personajes con este nombre en la
mitología griega: un príncipe latino.
CÉDICO
Existen varios personajes con este nombre en la
mitología griega: un soldado latino.
Personaje de la mitología griega (en griego Κέφαλος).
Su origen es confuso pudo ser hijo de Dión (o Deyón), rey de Fócide, y de Diomeda (o Diomede), o de Hermes y de Hersa (o Herse), hija de Cécrope.
Una leyenda refería que Eos, personificación de la Aurora, descubrió cierto día a Céfalo y prendada de sus encantos, lo secuestró y lo llevó a Siria, naciendo de esta relación un hijo llamado Faetón; una variante dice que el hijo fue Titono, y de este nació Faetón. Pero finalmente Eos consintió en que Céfalo regresase al Ática.
Allí se casó con Lisipe con la que tuvo varios hijos.
Existe cierta leyenda que cuenta como Céfalo fue a Delfos para conseguir tener hijos. El oráculo le dijo que se uniese al primer ser femenino con el que se topase. Se encontró con una osa, se unió a ella y el animal se transformó en una hermosa joven que dio a luz a Acrisio.
….á una experiencia tan delicada, quise descubrirme y colgarme de su cuello. Aunque estaba triste y macilenta, ninguna le excedía en hermosura, y ardientemente deseaba ver a su esposo. Considera, príncipe, qué tal seria su belleza, cuando la misma pena la hermoseaba. Para qué hé de decirte las veces que su honestidad desvaneció mis discursos.
¡Oh, cuántas veces dijo: yo me conservo para uno solo donde quiera que esté; mi corazón es de mi esposo; para él solo guardo mis placeres! ¿A quién no le satisfaría esta relevante experiencia de su fidelidad? Sin embargo, yo no me contenté y me obstiné en hacerme desgarcado. La ofrecí grandes riquezas, y la obligué por último á vacilar. ¡Ah! Exclamé yo entonces descubriéndome: reconoce á tu esposo en el amante pro quien te has mostrado sensible; él mismo ha sido testigo de tu poca virtud. Nada me respondió Procris: su confusión y pudor fueron tan grandes, que salió en el momento del palacio con la resolución de abandonarme para siempre. Ocupada únicamente en el ejercicio de Artemisa (Diana) por los montes, concibió un odio irreconciliable á todos los hombres por la injuria que me había hecho. Su ausencia encendió de nuevo el amor, en que yo me había abrasado pro ella: la busqué, le pedí perdón de mi imprudencia, y la confesé que yo mismo hubiera titubeado si me hubiesen hecho tantas ofertas como yo la hice. La confesión de mi debilidad moderó el disgusto que le causaba la memoria de la suya: volvió conmigo, y vivimos muchos años en una perfecta unión Poco contenta con haberme restituido su corazón, me regaló un perro que Diana le había dado, y que era tan bueno que ninguno le ganaba á correr. Añadió a este presenten el dardo que vez tengo en las manos. Desearás saber sin duda la singularidad de este perro, y en efecto te admirará la novedad del raro suceso. Las ingeniosas Náyades explicaron y vulgarizaron las obscuras y hasta entonces no entendidas respuestas del oráculo de Temis, el que desde este punto cayó en desprecio de los tebanos; é indignada por ello esta diosa, tomó la venganza de enviar contra ellas una cruel fiera, que quitó la vida á muchos, y se hizo temible á los labradores y ganados. Acudimos los jóvenes de la comarca para cogerla ó matarla, y cercamos los campos, haciendo un gran ojeo; pero todo fue inútil, porque la fiera saltaba con mucha velocidad las redes y sus más altas cuerdas. Quitamos los collares a los perros; peor no pudieron alcanzarla, porque huía con la ligereza de un ave. Me rogaron pro último que soltara á mi Lelaps, que era el nombre del perro que Procris me había dado, el cual hacia ya tiempo que se esforzaba por romper la cadena que le sujetaba. Apenas se vio libre, cuando le perdimos de vista. Solo se veían las huellas de sus pies estampadas en la arena. El dardo que se arroja con la mayor fuerza; la piedra que sale de la honda, y la flecha vibrada por el mas diestro cretense, no vuelan con mas velocidad que la que él llevaba en la carrera. En medio del campo donde estábamos había una colina, á la que subí para observar con placer la ligereza con que corría; y desde allí vi que unas veces parecía haber cogido la fiera, y otras que esta se deshacía de él, y con rodeos burlaba á su perseguidor, y le cortaba el ímpetu de la carrera. Con todo, Lelaps se esforzaba por alcanzarla, y la seguía tan de cerca, que a cada instante abría la boca para cogerla, pero solo mordía el viento. Eché mano entonces de mí dardo, y mientras me prevenía para arrojarle, aparté la vista; pero cual fue mi sorpresa cuando volviendo á fijarla en el mismo lugar, miro en el campo dos figuras de mármol, la una en actitud de un animal que huye, y la otra en la de un perro que va ladrando tras él. Sin duda algún dios, si es cierto que les asistió alguno, no queriendo que ninguno de estos animales fuese vencido en la carrera, los transformó en piedras.» Después que Céfalo dejó de hablar, preguntole Foco la causa que había tenido para quejarse, cuando le habló del dardo que tenia en la mano. «¡Ah! le respondió, lo que hay constituye mientras felicidad, suele en lo sucesivo ocasionar nuestras desgracias. Para guardar algún orden en lo que voy a referirte, te hablaré primero de mi pasada ventura, cuya memoria me será agradable en todos tiempos. Dichoso en los primeros años de mi unión, veía con placer que Procris tomaba parte en mi felicidad. Unidos por el amor más tierno, teníamos unas mismas inclinaciones. Ni ella me hubiera dejado por Júpiter, ni yo la hubiera abandonado por Afrodita (Venus); en una palabra, nuestro ardor era igual. Como yo entonces era muy joven, y amaba apasionadamente á la caza, apenas el sol doraba las cimas de los montes con los primeros rayos, solía ir á los bosques vecinos, sin criados, caballos, perros ni redes. Iba seguro con el dardo que vez, sin necesidad de otras armas. Cuando ya había cansado de matar fieras, me acogía al fresco y sombra de los árboles y al aura que corría de los valles: el aura suave era mi refrigerio en medio del calor y la tomaba por descanso de mi trabajo. Me acuerdo que cantaba: «Ven, oh dulce aura, consuelo mío, introdúcete en mi pecho, y templa, como sueles, el ardor en que me abraso.» Quizá añadiría otros mil cariños: así lo iba disponiendo mi destino: solía pues decir: Tú formas mis delicias, tú restituyes y reparas mis débiles fuerzas, tú haces que yo ame los lugares solitarios y los bosques, y se recrea mi boca recibiendo tu respiración.» Alguno pro acaso oyó estas palabras ambiguas, y juzgando que el nombre de aura, tantas veces repetido, lo era de una ninfa, creyó que yo amaba a alguna. Procris luego fue instruida de esta fingida galantería; y como el amor es tan crédulo, se persuadió fácilmente que yo la era infiel. Esta noticia le causó un dolor tan cruel, que cayó desmayada, y estuvo largo tiempo sin sentido, según me contaron. Luego que volvió en si empezó á quejarse, diciendo que era la más infeliz de las mujeres; que su suerte era desgraciada; que yo no la guardaba la debida fe; y espantada con un imaginado delito, temió lo que era nada, y receló de un nombre que carecía de cuerpo, creyéndole como si fuese una verdadera rival. Con todo algunas veces dudaba de la verdad de la noticia, y no accedía a cuantas pruebas la habían dado de mi infidelidad. Como deseaba que la noticia fuese incierta, me hizo la justicia de querer por si mí supuesta perfidia antes de condenarme. Al siguiente día, al rayar la aurora, me voy á los bosques según costumbre; y hallándome cansado de la caza, metiendo sobre la yerba, sin olvidarme de llamar en mi favor a la suave aura. «Ven, aura, le decía, a aliviarme de tantas fatigas; de ti espero mi consuelo.» Cuando yo continuaba este discurso, me pareció oír alguno que suspiraba; más sin embargo: «Ven, hermosa, dije;» pero moviéndose algo más estrepitosamente los árboles, creí que fuera alguna fiera, y disparo mi ligero dardo. Más ¡ay! era Procris á quien había atravesado el pecho. Al grito que dio reconozco su voz: precipitado y loco acudo, y la hallo medio muerta bañada en su sangre; me esfuerzo luego á sacar de la herida el dardo fatal que me había regalado: la abraso tiernamente: rasgo sus vestidos, y ligo la herida para atajar la sangre que salía; rogándola con lágrimas no abandonase á un esposo, a quien hacia aquel accidente el más infeliz de los hombres. Próxima Procris á espirar me habló así: «Yo te ruego, Céfalo, por nuestro himeneo, por todos los dioses del cielo, por todos los de los Infiernos, donde voy a bajar, por el amor que siempre te he tenido, por este amor fatal que causa mi muerte, que no te cases con la ninfa Aura que te trae a estos bosques.»
estas palabras caigo en la cuenta de su error: la
desengaño; pero ¡ay de mí! ¡de qué me sirvió haberla desengañado? Ella cae
entre mis brazos; y pierde la vida con su sangre. Sin embargo, interin podía
levantar los ojos moribundos, no los apartó de mi boca su último suspiro. Así
murió la desgraciada Procris, contenta á lo menos con saber que le había sido
fiel.
Céfalo contaba esta triste historia
llorando amargamente; y toda la asamblea mostraba también con lágrimas
acompañarle en su sentimiento, cuando Éaco, acompañado de sus dos hijos, llegó
con las tropas alistadas recientemente, y que debían de ir á socorrer á los
atenienses, a quienes recibió Céfalo con el mayor regocijo.»
Es el nombre de varios personajes en la mitología griega (Κεφεύς; Cepheus): el hijo de Belo (quien a su vez era hijo de Poseidón) y de Anquínoe.
Era el padre de Andrómeda y esposo de Casiopea. Juntos gobernaban sobre los cefenos, pueblo que a veces se situaba en Etiopía, a veces a orillas del río Éufrates y a veces en Jopa, en Palestina. Los tres personajes forman parte central del mito de Perseo y Andrómeda.
A su muerte el trono pasó a manos de Perses, hijo de Perseo y Andrómeda.
Después de su muerte Zeus lo elevó al cielo como una constelación.
Así mismo, el nombre del cráter lunar Cepheus conmemora a este personaje mítico.
Por la vanidad de la reina Casiopea, que había dicho que era más bella que las Nereidas, Poseidón envió contra el reino una inundación y al monstruo marino Ceto. El oráculo de Amón vaticinó que las desgracias cesarían cuando se ofreciera a su hija, Andrómeda, como alimento para el monstruo. Cefeo encadenó a Andrómeda a una roca pero antes de la aparición del monstruo apareció Perseo, que mató al monstruo y liberó a Andrómeda.
Es el nombre de varios personajes de la mitología griega: un rey de Tegea, en Arcadia.
Es el nombre de varios personajes de la mitología griega: el hijo de Licurgo
Según Apolodoro, tomó parte en la caza del Jabalí de Calidón.
En la mitología griega, Céfiro (en griego Ζέφυρος Zéphyros) era la divinidad del suave y benéfico Viento del Oeste.
Se creía que vivía en una cueva de Tracia.
Era hijo, según algunos, de Eolo o Astreo (conductor de los astros) y de Eos (la Aurora), y segun otros de la harpia Celeno. Hesíodo según la Teogonía, se limita a suponerlo hijo de los dioses por ser tan bello.
También se cuenta de él que con otra de sus hermanas y amantes, la harpía Podarge, fue padre de Balio y Janto, los caballos de Aquiles.
Uno de los mitos
conservados en los que Céfiro aparece más prominentemente es el de Jacinto, un hermoso y atlético príncipe espartano. Céfiro se enamoró de él y le cortejó, al igual que Apolo.
Ambos compitieron por el amor del muchacho, pero éste eligió a Apolo, haciendo
que Céfiro enloqueciera de celos. Más tarde, al sorprenderlos practicando el lanzamiento de disco, Céfiro sopló una ráfaga de viento sobre ellos,
haciendo que el disco golpease al muchacho en la cabeza al caer. Cuando Jacinto
murió, Apolo creó la flor homónima con su sangre.
En la historia de Eros y Psique, fue Céfiro quien sirvió a Eros transportando a Psique hasta su cueva.
- Deseosos de parecerse a los dioses, Ceix y Alcíone, navegaban por el mar de Mirto, en una barca decorada con ramos de flores, espigas y cráteras de oro. En cada isla que abordaban decían ser el dios Zeus y su esposa Hera. Los isleños, maravillados y sorprendidos por aquella inesperada y real visita, los recibían espléndidamente, colmándolos de atenciones y regalos. Al entrarse Zeus de que aquella extraña pareja estaba usurpando sus nombres, los transformó en alciones; o se cuenta también que su esposa se atrevió a comparar la felicidad de su matrimonio con la de Zeus y Hera, y los dioses hicieron naufragar el barco de Ceix, que pereció ahogado. Su mujer se lanzó al mar y ambos fueron convertidos en alciones. Se cuenta que cuando estos pájaros hacían su nido en la playa las olas amenazaban con destruirlo. Eolo contenía sus vientos y hacía que las olas se calmasen los siete días anteriores al día más corto del año (y varios después), para que pudiesen poner sus huevos. Estos días pasaron a llamarse «días del alción», y en ellos nunca había tormentas, por lo que este pájaro se convertiría en símbolo de la tranquilidad.
Se amaban tanto que jamás se separaban uno del otro. Pero un día Ceix inquieto y preocupado por una serie de problemas y malos presagios, decidió emprender un largo viaje Claros (Jonia) para consultar un oráculo. Cuando Alcíone se enteró de los planes de su marido, se horrorizó. Le dijo a Ceix que aquel viaje podría ser muy peligroso debido a los fuertes vientos que azotaban el mar. Incluso le pidió que si, a pesar del riesgo, decidía viajar, se la llevase con él, porque si había de pasar algo, lo que fuera, al menos seguirían estando juntos. A pesar de conmoverse profundamente con las palabras de su amada Alcíone, Ceix decidió en el último momento marchar solo y esa misma noche embarcó rumbo a las tierras del Oráculo. Durante la travesía, una horrible tormenta sacudió la nave. Todos sus tripulantes se encogieron de miedo. Todos menos Ceix, que daba gracias a los dioses por no haberse traído consigo a su esposa, que fue engullida pro el tormentoso mar. Mientras Alcíone, ajena a la tragedia, contaba los días de la ausencia de su esposo. Procuraba mantenerse ocupada la mayor parte del tiempo e iba al templo de Hera a rezar por él varas veces al día, haciéndole ofrendas a la diosa. Hera comenzó a sentirse culpable, ya que sabía de la muerte de Ceix y le parecía que no era justo que Alcíone se pasara el día haciendo ofrendas por un marido que nunca podría recuperar. Fue entonces cuando mandó a llamar a Iris, su mensajera, y le ordenó que fuera en busca de Hipnos, el dios de los sueños, para que le mandase a la pobre enamorada uno en el que se le revelase la verdad sobre el fatal desenlace de Ceix. Hipnos llamó a su hijo Morfeo que era experto en tomar la apariencia de cualquier ser humano y le explicó las órdenes de la diosa Hera. Este voló hacia el lecho de Alcíone y, mientras la mujer dormía, se introdujo en sus sueños con el aspecto de Ceix y le contó lo que había pasado. En ese momento, Alcíone despertó sobresaltada y al mismo tiempo abatida. Por eso, a amanecer, fue al puerto, al mismo desde donde partió su esposo hacia tan funesto destino. Y allí, flotando sobre las aguas, divisó algo. Cuando estuvo más cerca de la orilla, Alcíone se dio cuenta de que era el cuerpo de su esposo. Muerta de dolor, en ese momento decidió poner fin a su vida y tirarse al mar. Pero justo en ese instante y antes de que sus vestidos tocaran el agua, Alcíone se vio transformada en un pájaro (dicen que en un alcatraz), y Ceix recobró de nuevo la vida convirtiéndose en un martín pescador. Los dioses se habían apiadado de la pareja y les habían dado una segunda oportunidad para estar de nuevo juntos.
Ovidio dice: «Perturbado Ceix por las calamidades de su hermano y las que siguieron a estas, dispone ir a consultar el oráculo de Apolo, que existía en la ciudad de Claros, porque el bandido Forbas, unido con los Plegios, tenia interceptados los caminos del templo de Delfos. Comunicó anticipadamente esta su resolución Ceix a su querida esposa, que al oírla se quedó helada, y su semblante pálido a la manera del boj, corriéndole las lágrimas por las mejillas. Tres veces procuró hablar, y tres veces se lo impidió el llanto y los sollozos, que interrumpían sus amantes quejas. «¿Qué culpa, decía, he cometido yo, carísimo esposo mio, que asi a trocado tu cariño? ¿Dónde está aquel cuidado y desvelo que solías tener por mí? Ya no te es difícil el sustentarse y dejar á tu Alcione. Ya te agrada el hacer un largo viaje; y ya quieres más bien tenerme ausente que en tu compañía, si tu viaje lo hicieras por tierra, solo me causaría pena y dolor, pero no sobresalto. Los mares me amedrentan: solo el pensar en ellos me causa horror. Poco ha que he visto sobre la playa los tristes fragmentos de un naufragio; y muchas veces he leído los epifanios de los túmulos que no ocultaban los cadáveres. No te dejes llevar de la falaz confianza de que tienes por suegro á Eolo, que ejerce su imperio sobre los vientos, reprimiendo su impetuosidad en una cárcel, y cuando le place con esta sujeción queda el mar en calma; porque una vez sueltos se apoderan de todo el Océano; nada hay que se les oponga; toda la tierra y todo el mar quedan a su arbitrio. También agitan las nubes del cielo con fieros torbellinos, y las hacen vibrar los resplandecientes rayos y centellas. Cuanto más bien los conozco (y los conozco muy bien, porque los vi muchas veces cuando era niña, en la casa de mi padre), tanto mas esto y persuadida de que deben ser temidos. Pero si tu resolución, carísimo esposo, no se puede alterar con mis plegarias, y estás constantemente determinado á hacer este viaje, llévame contigo, y correremos ambos una misma suerte: entonces no tendré que temer lo que me vea precisada á sufrir: ambos en unión mutua toleraremos lo que sobreviniese, y entreambos en unión correremos los riesgos de los extendidos mares.» Con estos ruegos y lágrimas de Alcione se conmovió Ceix, porque no era inferior su cariño hacia su esposa; pero ni se resolvía a mudar de propósito, ni se atrevía á llevar consigo á Alcione, y exponerla á que fuese participante de los peligros. Díjole muchas cosas tiernas que consolasen su tímido corazón; pero no por eso se aquietó Alcione, ni aprobó la causa del viaje. En fin, para disminuir en lo posible el dolor que iba á causarle esta funesta separación, añadió este lenitivo, con el cual tranquilizó el espíritu de su mujer. «Cualquiera detención será larga y enfadosa para mí; pero te juro por los brillantes resplandores de mi padre que si el destino no se opone á mi vuelta, me verás antes que la luna por dos veces llene de luz su hermosa faz.» Luego que con estas promesas la aseguró de su pronta vuelta, mando al punto botar al agua una nave, y equiparla con todas sus jarcias y demás utensilios. Al momento que Alcione la vio aparejada, se llenó de horror como adivinando lo que había de suceder; dejó correr algunas lágrimas, le abrazó tiernamente, y al tiempo de decirle con voz triste el último adiós, cayó desmayada. Los marineros, aunque Ceix buscaba pretextos para detenerse, aplicaron á sus fuertes pechos las dos ordenes de remos, y con golpes acompasados empiezan á remar. Alcione, algo recobrada de su desmayo, levantó sus llorosos ojos, y vio á su marido que estaba de pie en la encorvada popa, y desde ella le hacia señas con la mano, á las que ella le correspondía con otras tantas. Cuando ya se había alejado, y la vista no alcanzaba á distinguirle y conocerle, se contentaba con ver la nave fugitiva, y cuando ya está no podía distinguirse por la gran distancia, mientras las velas tremoladas del viento en lo alto de los mástiles. Luego que se perdieron de vista todo punto las velas, se volvió afligida á su aposento y se echó en la cama, la cual le renovó sus lágrimas, acordándose de lo que faltaba en ella. En tanto se alejaba la nave; y como el viento daba en popa, dejaron de remar, y tendiendo todas las velas, las hinchaban los vientos favorables que soplaba.
Habrían hecho poco menos de la mitad de la travesía, alejados de una y otra playa, cuando á la entrada de la noche empezó el viento á soplar con una fuerza, y á ponerse el mar blanco con las encrespadas olas. Inmediatamente ordeno el piloto que se recojan las velas, y que ás aten á las antenas; pero la contraria tempestad impide la ejecución de lo mandado, y el bramido del mar agitado impedía que las voces llegasen á los oídos. Todos andaban diligentes; unos se apresuraban á quitar los remos, otros á cubrir el costado para impedir que el agua entrase, otros á recoger las velas: estos sacan el agua que había hecho la nave, y la vierten en el mar, aquellos bajan las antenas; pero todo se ejecuta con desorden y atropellamiento. Entretanto se aumenta la deshecha tempestad, y los desenfrenados vientos, soplando á un tiempo á un tiempo de todas partes contrarias se enfurecen en una terrible guerra, y agitan las olas confundiéndose las unas con otras. El mismo piloto se pasma, y confiesa que ni está en si, ni sabe el estado en que se halla la nave, ni qué mande ni qué prohíba en tanta confusión y apuro, en el que ya es inútil toda la destreza de su arte. Confundese, formando el mayor estrepito, los clamores de los marineros, los crujidos de las cuerdas y masteleros, el bramido de las olas que se chocan unas con otras, y los espantosos truenos en que las nubes se desgajan. El mar, embravecido por los vientos, levanta sus olas hasta el firmamento, y rocía con ellas las nubes: unas veces cuando el agua barre las rojas arenas se vuelve del color de ellas, y otras es mas negra que la de la laguna Estigia: algunas veces se allana y emblanquece con las espumas que suenan, y la nave es juguete de todas estas causas impolontes: ya parece que elevada sobre las olas como montañas, mira desde allí á la profundidad de un valle, y al mismo Aqueronte; ya abatida a lo ínfimo por las mismas olas, las vé desde la profundidad tocar en el cielo. Azotadas por ella la nave en sus costados, hace un ruido semejante al del ariete cuando derriba los muros de una guarnecida ciudad. Y á la manera de dos fieros leones tomando fuerza con la carrera, suelen acometer á los venablos que les presentan, así las olas, confundidas con los vientos que las alteran, atacan la tablazon de la nave sobre la cual se levantan. Ya se aflojan y desencajan los clavos, y despegándose la brea, se descubren aberturas, que dan entrada á las ondas que amenazan con la muerte. Las nubes se resuelven en copiosas lluvias, y parecía que sobre el mar caía todo el cielo, ó que aquel entumecido subía á ocupar el asiento de este. Las velas se empapan con la lluvia, y las aguas del mar se mezclan con las del cielo. Ningún astro se vé brillar en él, antes bien por lo contrario, la obscuridad de la tempestad, junta con la de la noche, aumenta el horror de las tinieblas. Si se ve alguna claridad, es la de los relámpagos y rayos, que parecía abrasaban las aguas. Las olas también saltan a las corvas junturas de la nave; y como el soldado que aventaja á todos los demás, cuando repelidas veces asalta á los muros de una ciudad defendida, y por último consigue entre mil combatientes trepar á ellos estimulando el deseo de la gloria; del mismo modo, después que las violentas olas batieron mucho tiempos los altos costados de la nave, los sobrepuja el ímpetu de la ola décima, que es la mayor y mas terrible, y combatiendo á aquella, ya quebrantada, no desiste de la empresa hasta apoderarse de ella, y venir á llenar todo el buque, á la manera de la toma de una plaza de armas. No interrumpen las olas el asalto; y habiendo entrado muchas veces en la nave, empiezan todos á temblar, del mismo modo que sucede en una plaza, cuando ven que de los enemigos unos toman ya posesión de sus muros desde adentro, después de haberla batido y mirado por de fuera. Desfallece el arte; los ánimos desmayan, y todas las olas que se ven venir se temen como causadoras de otras tantas muertes. De los marineros unos no pueden contener las lágrimas, otros se llenan de estupor, otros llaman felices a los que mueren y son sepultados con fúnebre aparato en tierra, otros hacen promesas á los dioses, y levantando en vano los brazos piden socorro al cielo que no ven: acuérdase aquel de su padre y hermanos; éste de sus hijos, de su casa y de lo que dejó en ella: Ceix solo se acuerda de Alcione; de su boca no sale otra palabra que Alcione; y siendo ella sola el objeto de su amor, se alegra de que no se halle en su compañía. Quería ver las playas de su patria, y dirigir hacia su casa las últimas miradas; pero no sabe en qué sitio se halla por la terrible agitación del mar, por la obscuridad que causan las negras nubes, por estar cargado de ellas todo el cielo, y por ser por la misma causa doblemente obscura la noche. La impetuosidad de un lluvioso torbellino derriba el mástil, y hace pedazos el timón; y animosa la ola con tales despojos, sobreponiéndose como vencedora, se eleva en forma de arco sobre las demás, y cayendo precipitada, no de otro modo que sí se lanzasen el monte Atos, y el Pindo, arrancados de sus estables asientos en medio del mar, con su peso y con su impulso sumerge hasta lo profundo la nave, en la cual se ahogó gran parte de los marineros, quedando solo los pocos que pudieron asirse a las tablas y fragmentos de ellas. Ceix, asido á uno con la mano que solía empuñar el cetro, invoca en vano á Eolo y Fosforo, su suegro y padre; pero más frecuentemente repetía, cuando nadaba, el nombre de su esposa Alcione. De esta sola se acuerda, á esta sola llama, deseando que después de su muerte las olas llevasen á su presencia su cadáver, y que éste fuese enterrado por ella. Cuando así zozobraban entre las olas y estas le dejaban respirar, pronunciaba claro el nombre de Alcione, y confusamente entre dientes cuando le cubrían la cabeza. Mientras estaba en esta disposición, una encrespada y negra ola, que formaba un grande arco, se rompe, cae á plomo sobre él y cubriéndole de agua le sumerge.
Fosforo, su padre, estuvo aquella noche oscuro y desconocido; porque como no podía bajar del cielo en aquel triste momento, cubrió su rostro con densas nubes. Alcione entre tanto,ignorante de la tan calamitosa desgracia de su esposo, estaba contando las noches de su ausencia; y esperando vanamente su vuelta, preparaba los vestidos con que había de engalanarse cuando volviese, y las joyas con que había de adornarse en aquel suspirado momento. Ofrecía incienso a todos los dioses, y principalmente en los templos de Juno, y se postraba ante las aras por su marido que ya no existía,, y rogaba por su salud y su vuelta, y porque la prefiriese siempre y no se enamorase de otra: pero de tantos votos y súplicas, esta última era sola la que se podía verificar. La diosa, no queriendo ya que se le rogase más pro la salud de un difunto, ni se ofreciesen por él sacrificios en sus aras, llamó a Iris y le dijo: «Iris, fidelísima embajadora mia, marcha al punto al palacio del dios del Sueño, y dile de mi parte que envié á Alcioone un sueño que le represente la imagen de su marido que ha padecido naufragio, y la haga entender la verdad.» Apenas dijo esto, Iris, vestida de mil colores y señalando en el cielo su arco, se encaminó como se le había ordenado al palacio de Hipnos (el Sueño), que estaba oculto entre unos peñascos.
Luego que amaneció salió fuera de su palacio dirigiéndose á la playa, buscando afligida el sitio desde el cual había estado mirando la partida de su marido: en él se detuvo; y observándole detenidamente, decía: «Desde aquí se hizo á la vela; aquí fué en esta misma playa donde al partirse me dio los últimos abrazos»; y cuando estaba mirando y remirando todas estas cosas, tendió su vista hacia el mar, y á la larga distancia vio nadando sobre el agua una cosa que parecía un cadáver. Al principio no podía distinguirse lo que era; pero acercándose con las olas, llegó á conocerse que era un cuerpo, y aunque ignoraba quien fuese, se conmovió y asustó considerándole de algún naufragio, y como si se condoliese de un desconocido, dijo: «¡Oh infeliz, cualquiera que seas, é infeliz de tu esposa si eres por ventura casado!» El cuerpo se fue acercando poco á poco con las olas, y cuanto más lo mira Alcione, tanto más se aumenta su turbación. En fin cuando ya estaba cerca de la playa y á distancia que pudiese ser conocido, le miró con más atención; y viendo que era su marido, exclamó: «El es, él es»; y al mismo tiempo se hiere el rostro, arranca sus cabellos, rasga sus vestidos, extendiendo hacia Ceix sus trémulas manos, dice: «¡Así, carísimo esposo, asi, infeliz vuelves á mí para acrecentar mi dolor!» y arrebatada del más fiero sentimiento, dio un gran salto que parecía vuelo, y efectivamente lo era, y se puso sobre una especie de muelle que servía para que en él quebrara y amansara la impetuosidad de las olas, y desde allí convertida en ave é hiriendo el aire con las alas que la acababan de nacer, iba volando sobre la superficie de las aguas, y al mismo tiempo en lugar de lamentos su boca convertida en pico profería un sonido triste y lastimoso. Más luego que llegó a tocar el cuerpo de Ceix lo abrazó con sus recientes alas, y empezó á besarle con el duro pico. Aquellos que habían acudido á la ribera, observando que el cadáver se incorporaba algo, dudaban si era porque hubiese sentido las caricias de su esposa, ó si el ímpetu de las olas le hacía tomar aquel movimiento; pero fué porque las había sentido, y porque apiadandose de ellos los dioses, los convirtieron en aves. Después de esta transformación se conservan el mismo mutuo amor; y durante los siete días que la hembra está en huevos en el nido, sostenido sobre la superficie del agua, el mar está tranquilo y navegable; y Eolo, en obsequio de sus nietos, tiene los vientos encerrados para que no salgan á alborotar los mares.
Fue tanto lo que se afligió de la muerte de su madre, que marcho á Claros a consultar el oráculo para saber los medios de resucitarla: pero se ahogó e el camino. Su mujer Alcione le fue a buscar, y logró ser transformada con él en halcón.
Es el nombre de varios personajes de la mitología griega: un lapita muerto
por Amico.
En la mitología griega, era hijo de Electrión y de Anacso
Muerto en una batalla por el hijo de Pterélao.
CELENO
Es el nombre de varios personajes de la mitología griega (en griego Κελαινώ, ‘nube tormentosa’, ‘nube oscura’): una de las Danaides, que casó con Hiperbio, uno de los hijos de Egipto.
Uniéndose a Poseidón engendrando un varón llamado también Celeno.
CELENO
Céleo, en la mitología
griega, se encuentra en dos leyendas
diferentes.
La primera habla de que era hijo de Eleusis, nacido del suelo y primer rey del país homónimo.
Reinaba en Eleusis cuando aconteció el rapto de Perséfone por Hades. Deméter, al ir en busca de su hija, fue recibida por Céleo y su esposa Metanira. La diosa se había disfrazado de anciana y se había presentado a la hora en que las mujeres van a buscar agua. Las hijas del rey la encontraron cerca de la fuente y le ofrecieron acogerla en su casa, donde fue contratada como criada. Su labor fue criar al hijo menor del rey, Demofonte o Demofón. La diosa, para recompensarles, quiso dar la inmortalidad a su hijo Demofón, a cuyo efecto le puso sobre una hoguera para que el fuego consumiera sus elementos mortales. Al verlo Metanira prorrumpió en desesperados gritos, y Demofón fue devorado por las llamas. Deméter (Ceres), para compensar semejante pérdida, colmó de favores a Triptolemo y lo inicio en la agricultura. Después de que revelara que era la diosa Deméter, Céleo ordenó que se construyera un templo en su honor; fue el primer sacerdote, y sus hijas las primeras sacerdotisas de la diosa.
La segunda leyenda nos cuenta sobre un joven cretense que, junto a tres compañeros (Layo, Cerbero y Egolio) intentó robar la miel de la gruta sagrada donde nació Zeus, ubicada en el monte Ida. Los ladrones se habían disfrazado con planchas de bronce para protegerse de las abejas pero cuando estaban entrando a la gruta, las laminas cayeron y esto alertó a Zeus, que estuvo a punto de fulminarlos con el rayo de no ser por la intervención de Temis y las Moiras que alegaron que en ese lugar estaba prohibido matar. Zeus los transformó, entonces, en aves.
En la mitología griega, era hija de Britano.
Enamorada de Heracles (Hércules), de quien tuvo un hijo llamado Celto, que dio su nombre a los celtas.
CELTO
Es el nombre de varios personajes de la mitología griega: uno de los tres hijos de Polifemo y de Galatea.
CELTO
Es el nombre de varios personajes de la mitología griega: era un pretendiente de Penélope.
- Atabey: la diosa de la creación que dio a luz a sí misma y a los demás dioses y diosas.
- Baibrama: era un dios menor adorado por su ayuda en cultivo de la yuca y curar a la gente de su jugo venenoso.
- Boinayel: y su hermano gemelo Márohu, eran los dioses de la lluvia y el buen tiempo respectivamente.
- Guabancex: es la señora del viento, de las tormentas y del juracán (o huracán).
- Guacar: el dios del mal y la destrucción.
- Márohu: espíritu del tiempo despejado [Maro = sin nubes].
- Maquetaurie Guayaba o Maketaori Guayaba: era el dios de "Coaybay", la tierra de los muertos.
- Opiyelguabirán: un dios con forma de perro, velaba por los muertos.
- Mahuatiatihuel: el Señor de la alborada o de la Región del Amanecer.
- Yúcahu o Yohacu (=el espíritu de la yuca): era el dios del mar, del bien y de la creación. También era el dios de la fertilidad en el sentido de que bendecía los campos de yuca, el principal cultivo de los taínos.
En la mitología griega, era hijo de Poseidón (Neptuno) y de Salamis.
Debió el trono de Salamina en Chipre, a la muerte de una enorme serpiente de la
que libró a aquellos habitantes.
En la mitología griega, era hija de la ninfa Pirene.
Muerta casualmente
por Artemis (Diana) con un dardo que esta diosa lanzó contra una fiera. Su
madre se afligió tanto con esta desgracia y derramó tantas lagrimas, que fue
convertida en una fuente llamada Pirene.
Ya como varón Ceneo no se pierde las aventuras de su época, y acude a la
cacería de Calidón.
Es el nombre de varios personajes de la mitología griega: el hijo de Corono y uno de los Argonautas.
CENEO
Es el nombre de varios personajes de la mitología griega: el hermano de Isquis.
CENEO
Es el nombre de varios personajes de la mitología griega: un soldado
troyano.
Su origen es distinto según las versiones o tradiciones sobre el origen
de estos seres fabulosos llamados Centauros: hijos de Helio (el Sol) y una oceánide cuyo
nombre significa brillo, esplendor,
lo cual pudiera referirse a las brillantes nubes que el Sol levanta del seno de
las aguas en el valle de Tempé, en Tesalia; de
Apolo y Hebe, o de Apolo y Estilbe o Estilbia, hija de Peneo; hijos del dios Cronos, que se transformó en caballo para copular con la oceánida Fílira; hijos de Gea y de Zeus o de las ninfas Híadas; Píndaro les supone descendientes de Ixión y
de una nube con forma de Hera llamada Néfele (‘nube’). Esta unión dio lugar a
un hijo que se llamó Centauro o cazador de toros,
monstruo feroz desdeñado de las Cárites (Gracias), que no quisieron asistir a su
nacimiento, y odiado de los hombres; este Centauro se unió con las
yeguas del valle de Pelión, en Tesalia (Magnesia), y así dio origen al pueblo
de monstruos medio hombres y medios caballos. Según esta leyenda los Centauros
serían un símbolo de los rayos del Sol o de las nubes que rodean a este astro,
si no lo eran de los torrentes del Pelión.
Los mitólogos derivan este nombre de Kentein, picar, y tauros,
porque los habitantes de Tesalia combatían con los toro; etimología que se explicaba por la historia de un rey de Tesalia que,
habiendo dispersado un tábano a sus bueyes, envió en busca de éstos unos
jinetes armados de lazos. De reconocer en dichos jinetes a los Centauros, hay que considerar a éstos
como un pueblo pastor que cazaba los toros por análogo procedimiento al que
emplean los zagales españoles, los pastores de la campiña de Roma y los gauchos
de la América del sur. Otra etimología más moderna los designa como cazadores
de liebres, y está más conforme que la anterior con las tradiciones y con los
monumentos figurados, que presentan a los Centauros como cazadores.
A los Centauros se les atribuía un gusto desmedido por el vino y un carácter lascivo y propenso a los deleites carnales.
Hacían un ruido espantoso, con su voz, que se asemejaba en algo al relincho de los caballos.
Estaban siempre armados de mazas y manejaban diestramente el arco.
Según La Ilíada, eran unos animales salvajes de pelo erizado que habitaban las montañas de Tesalia, y La Odisea nos los presenta con los instintos brutales y sensuales característicos de los sátiros u hombres primitivos.
Vivian agrupados en manadas en los bosques de la Élide, Arcadia y Tesalia. çSus costumbres son salvajes y primitivas: comen carne cruda y cazan armados de palos y piedras.
En la descripción de una pintura que vio en Neápolis, el retórico griego Filóstrato el Viejo presenta a las Centáurides como hermanas y esposas de los Centauros que vivían en el monte Pelión con sus hijos.
«Qué hermosas son las Centáurides, aunque tengan cuerpo de yegua; porque algunas crecen de yeguas blancas, otras de yeguas castañas, y el pelaje de otras es manchado, pero todas brillan como las yeguas bien cuidadas. También hay Centáurides blancas que crecen de yeguas negras y la oposición de colores produce una criatura unida de gran hermosura.»
Su título «Señora de los Animales», que también ostentaba la Gran Madre minoica, revela sus arcaicas raíces paleolíticas.
Era
hijo de Hibris.
Según el Oráculo de Delfos, Coros, que ansiaba devorarlo todo, estaba condenado a ser vencido por Dice.
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RV 10.104.10 ārdayad
vṛtram akṛṇod ulokaṃ |
‘golpeó a Vritra fatalmente, cortando [> creando] un
camino despejado’ |
