En la mitología
griega
(en griego antiguo Κάανθος), era
un hijo de Océano y hermano de Melia.
Fue enviado por su padre a buscar a su hermana que había sido raptada, y la halló en poder de Apolo. Siendo imposible rescatarla de sus manos, arrojó fuego a la arboleda sagrada de Apolo, llamada Ismenio. El dios mató entonces a Caanto con una flecha. Su tumba era mostrada por los tebanos en el lugar donde murió, cerca del río Ismeno.
La llave menor de Salomón habría afirmado que Caacrinolas ofrecería el conocimiento de las artes liberales, enseñaría cosas del pasado y las que están por venir, incitaría al derramamiento de sangre y es el autor de todos los homicidios, y tendría la capacidad de hacer nacer el amor entre amigos y enemigos, el poder de hacer invisible al hombre, además de «presagiar muy bien lo futuro
Le obedecerían treinta y seis legiones.
En la mitología griega, Céfiro (en griego Ζέφυρος Zéphyros) era la divinidad del suave y benéfico Viento del Oeste.
Se creía que vivía en una cueva de Tracia.
Era hijo, según algunos, de Eolo o Astreo (conductor de los astros) y de Eos (la Aurora), y segun otros de la harpia Celeno. Hesíodo según la Teogonía, se limita a suponerlo hijo de los dioses por ser tan bello.
También se cuenta de él que con otra de sus hermanas y amantes, la harpía Podarge, fue padre de Balio y Janto, los caballos de Aquiles.
Uno de los mitos
conservados en los que Céfiro aparece más prominentemente es el de Jacinto, un hermoso y atlético príncipe espartano. Céfiro se enamoró de él y le cortejó, al igual que Apolo.
Ambos compitieron por el amor del muchacho, pero éste eligió a Apolo, haciendo
que Céfiro enloqueciera de celos. Más tarde, al sorprenderlos practicando el lanzamiento de disco, Céfiro sopló una ráfaga de viento sobre ellos,
haciendo que el disco golpease al muchacho en la cabeza al caer. Cuando Jacinto
murió, Apolo creó la flor homónima con su sangre.
En la historia de Eros y Psique, fue Céfiro quien sirvió a Eros transportando a Psique hasta su cueva.
Ovidio dice: «Perturbado Ceix por las calamidades de su hermano y las que siguieron a estas, dispone ir a consultar el oráculo de Apolo, que existía en la ciudad de Claros, porque el bandido Forbas, unido con los Plegios, tenia interceptados los caminos del templo de Delfos. Comunicó anticipadamente esta su resolución Ceix a su querida esposa, que al oírla se quedó helada, y su semblante pálido a la manera del boj, corriéndole las lágrimas por las mejillas. Tres veces procuró hablar, y tres veces se lo impidió el llanto y los sollozos, que interrumpían sus amantes quejas. «¿Qué culpa, decía, he cometido yo, carísimo esposo mio, que asi a trocado tu cariño? ¿Dónde está aquel cuidado y desvelo que solías tener por mí? Ya no te es difícil el sustentarse y dejar á tu Alcione. Ya te agrada el hacer un largo viaje; y ya quieres más bien tenerme ausente que en tu compañía, si tu viaje lo hicieras por tierra, solo me causaría pena y dolor, pero no sobresalto. Los mares me amedrentan: solo el pensar en ellos me causa horror. Poco ha que he visto sobre la playa los tristes fragmentos de un naufragio; y muchas veces he leído los epifanios de los túmulos que no ocultaban los cadáveres. No te dejes llevar de la falaz confianza de que tienes por suegro á Eolo, que ejerce su imperio sobre los vientos, reprimiendo su impetuosidad en una cárcel, y cuando le place con esta sujeción queda el mar en calma; porque una vez sueltos se apoderan de todo el Océano; nada hay que se les oponga; toda la tierra y todo el mar quedan a su arbitrio. También agitan las nubes del cielo con fieros torbellinos, y las hacen vibrar los resplandecientes rayos y centellas. Cuanto más bien los conozco (y los conozco muy bien, porque los vi muchas veces cuando era niña, en la casa de mi padre), tanto mas esto y persuadida de que deben ser temidos. Pero si tu resolución, carísimo esposo, no se puede alterar con mis plegarias, y estás constantemente determinado á hacer este viaje, llévame contigo, y correremos ambos una misma suerte: entonces no tendré que temer lo que me vea precisada á sufrir: ambos en unión mutua toleraremos lo que sobreviniese, y entreambos en unión correremos los riesgos de los extendidos mares.» Con estos ruegos y lágrimas de Alcione se conmovió Ceix, porque no era inferior su cariño hacia su esposa; pero ni se resolvía a mudar de propósito, ni se atrevía á llevar consigo á Alcione, y exponerla á que fuese participante de los peligros. Díjole muchas cosas tiernas que consolasen su tímido corazón; pero no por eso se aquietó Alcione, ni aprobó la causa del viaje.En fin, para disminuir en lo posible el dolor que iba á causarle esta funesta separación, añadió este lenitivo, con el cual tranquilizó el espíritu de su mujer. «Cualquiera detención será larga y enfadosa para mí; pero te juro por los brillantes resplandores de mi padre que si el destino no se opone á mi vuelta, me verás antes que la luna por dos veces llene de luz su hermosa faz.» Luego que con estas promesas la aseguró de su pronta vuelta, mando al punto botar al agua una nave, y equiparla con todas sus jarcias y demás utensilios. Al momento que Alcione la vió aparejada, se llenó de horror como adivinando lo que había de suceder; dejó correr algunas lágrimas, le abrazó tiernamente, y al tiempo de decirle con voz triste el último adiós, cayó desmayada. Los marineros, aunque Ceix buscaba pretextos para detenerse, aplicaron á sus fuertes pechos las dos ordenes de remos, y con golpes acompasados empiezan á remar. Alcione, algo recobrada de su desmayo, levantó sus llorosos ojos, y vió á su marido que estaba de pié en la encorvada popa, y desde ella le hacia señas con la mano, á las que ella le correspondía con otras tantas. Cuando ya se había alejado, y la vista no alcanzaba á distinguirle y conocerle, se contentaba con ver la nave fugitiva, y cuando ya está no podía distinguirse por la gran distancia, mientras las velas tremoladas del viento en lo alto de los mástiles. Luego que se perdieron de vista todo punto las velas, se volvió afligida á su aposento y se echó en la cama, la cual le renovó sus lágrimas, acordándose de lo que faltaba en ella. En tanto se alejaba la nave; y como el viento daba en popa, dejaron de remar, y tendiendo todas las velas, las hinchaban los vientos favorables que soplaba.
Habrían hecho poco menos de la mitad de la travesía, alejados de una y otra playa, cuando á la entrada de la noche empezó el viento á soplar con una fuerza, y á ponerse el mar blanco con las encrespadas olas. Inmediatamente ordeno el piloto que se recojan las velas, y que ás aten á las antenas; pero la contraria tempestad impide la ejecución de lo mandado, y el bramido del mar agitado impedía que las voces llegasen á los oídos. Todos andaban diligentes; unos se apresuraban á quitar los remos, otros á cubrir el costado para impedir que el agua entrase, otros á recoger las velas: estos sacan el agua que había hecho la nave, y la vierten en el mar, aquellos bajan las antenas; pero todo se ejecuta con desorden y atropellamiento. Entretanto se aumenta la deshecha tempestad, y los desenfrenados vientos, soplando á un tiempo á un tiempo de todas partes contrarias se enfurecen en una terrible guerra, y agitan las olas confundiéndose las unas con otras. El mismo piloto se pasma, y confiesa que ni está en si, ni sabe el estado en que se halla la nave, ni qué mande ni qué prohíba en tanta confusión y apuro, en el que ya es inútil toda la destreza de su arte. Confundese, formando el mayor estrepito, los clamores de los marineros, los crujidos de las cuerdas y masteleros, el bramido de las olas que se chocan unas con otras, y los espantosos truenos en que las nubes se desgajan. El mar, embravecido por los vientos, levanta sus olas hasta el firmamento, y rocía con ellas las nubes: unas veces cuando el agua barre las rojas arenas se vuelve del color de ellas, y otras es mas negra que la de la laguna Estigia: algunas veces se allana y emblanquece con las espumas que suenan, y la nave es juguete de todas estas causas impolontes: ya parece que elevada sobre las olas como montañas, mira desde allí á la profundidad de un valle, y al mismo Aqueronte; ya abatida a lo ínfimo por las mismas olas, las vé desde la profundidad tocar en el cielo. Azotadas por ella la nave en sus costados, hace un ruido semejante al del ariete cuando derriba los muros de una guarnecida ciudad. Y á la manera de dos fieros leones tomando fuerza con la carrera, suelen acometer á los venablos que les presentan, así las olas, confundidas con los vientos que las alteran, atacan la tablazon de la nave sobre la cual se levantan. Ya se aflojan y desencajan los clavos, y despegándose la brea, se descubren aberturas, que dan entrada á las ondas que amenazan con la muerte. Las nubes se resuelven en copiosas lluvias, y parecía que sobre el mar caía todo el cielo, ó que aquel entumecido subía á ocupar el asiento de este. Las velas se empapan con la lluvia, y las aguas del mar se mezclan con las del cielo. Ningún astro se vé brillar en él, antes bien por lo contrario, la obscuridad de la tempestad, junta con la de la noche, aumenta el horror de las tinieblas. Si se ve alguna claridad, es la de los relámpagos y rayos, que parecía abrasaban las aguas. Las olas también saltan a las corvas junturas de la nave; y como el soldado que aventaja á todos los demás, cuando repelidas veces asalta á los muros de una ciudad defendida, y por último consigue entre mil combatientes trepar á ellos estimulando el deseo de la gloria; del mismo modo, después que las violentas olas batieron mucho tiempos los altos costados de la nave, los sobrepuja el ímpetu de la ola décima, que es la mayor y mas terrible, y combatiendo á aquella, ya quebrantada, no desiste de la empresa hasta apoderarse de ella, y venir á llenar todo el buque, á la manera de la toma de una plaza de armas. No interrumpen las olas el asalto; y habiendo entrado muchas veces en la nave, empiezan todos á temblar, del mismo modo que sucede en una plaza, cuando ven que de los enemigos unos toman ya posesión de sus muros desde adentro, después de haberla batido y mirado por de fuera. Desfallece el arte; los ánimos desmayan, y todas las olas que se ven venir se temen como causadoras de otras tantas muertes. De los marineros unos no pueden contener las lágrimas, otros se llenan de estupor, otros llaman felices a los que mueren y son sepultados con fúnebre aparato en tierra, otros hacen promesas á los dioses, y levantando en vano los brazos piden socorro al cielo que no ven: acuérdase aquel de su padre y hermanos; éste de sus hijos, de su casa y de lo que dejó en ella: Ceix solo se acuerda de Alcione; de su boca no sale otra palabra que Alcione; y siendo ella sola el objeto de su amor, se alegra de que no se halle en su compañía. Quería ver las playas de su patria, y dirigir hacia su casa las últimas miradas; pero no sabe en qué sitio se halla por la terrible agitación del mar, por la obscuridad que causan las negras nubes, por estar cargado de ellas todo el cielo, y por ser por la misma causa doblemente obscura la noche. La impetuosidad de un lluvioso torbellino derriba el mástil, y hace pedazos el timón; y animosa la ola con tales despojos, sobreponiéndose como vencedora, se eleva en forma de arco sobre las demás, y cayendo precipitada, no de otro modo que sí se lanzasen el monte Atos, y el Pindo, arrancados de sus estables asientos en medio del mar, con su peso y con su impulso sumerge hasta lo profundo la nave, en la cual se ahogó gran parte de los marineros, quedando solo los pocos que pudieron asirse a las tablas y fragmentos de ellas. Ceix, asido á uno con la mano que solía empuñar el cetro, invoca en vano á Eolo y Fosforo, su suegro y padre; pero más frecuentemente repetía, cuando nadaba, el nombre de su esposa Alcione. De esta sola se acuerda, á esta sola llama, deseando que después de su muerte las olas llevasen á su presencia su cadáver, y que éste fuese enterrado por ella. Cuando así zozobraban entre las olas y estas le dejaban respirar, pronunciaba claro el nombre de Alcione, y confusamente entre dientes cuando le cubrían la cabeza. Mientras estaba en esta disposición, una encrespada y negra ola, que formaba un grande arco, se rompe, cae á plomo sobre él y cubriéndole de agua le sumerge.
Fosforo, su padre, estuvo aquella noche oscuro y desconocido; porque como no podía bajar del cielo en aquel triste momento, cubrió su rostro con densas nubes. Alcione entre tanto,ignorante de la tan calamitosa desgracia de su esposo, estaba contando las noches de su ausencia; y esperando vanamente su vuelta, preparaba los vestidos con que había de engalanarse cuando volviese, y las joyas con que había de adornarse en aquel suspirado momento. Ofrecía incienso a todos los dioses, y principalmente en los templos de Juno, y se postraba ante las aras por su marido que ya no existía,, y rogaba por su salud y su vuelta, y porque la prefiriese siempre y no se enamorase de otra: pero de tantos votos y súplicas, esta última era sola la que se podía verificar. La diosa, no queriendo ya que se le rogase más pro la salud de un difunto, ni se ofreciesen por él sacrificios en sus aras, llamó a Iris y le dijo: «Iris, fidelísima embajadora mia, marcha al punto al palacio del dios del Sueño, y dile de mi parte que envié á Alcioone un sueño que le represente la imagen de su marido que ha padecido naufragio, y la haga entender la verdad.» Apenas dijo esto, Iris, vestida de mil colores y señalando en el cielo su arco, se encaminó como se le había ordenado al palacio de Hipnos (el Sueño), que estaba oculto entre unos peñascos.
En el país de los cimerios, que es la costa del mar Negro, región obscura y fría, hay una cueva dilatada en la concavidad de una montaña, en donde el perezoso sueño tiene su palacio y habitación; jamás penetran en ella los rayos del sol, ni cuando nace, ni cuando está en lo más alto, ni cuando se pone: la tierra exhala unas densas nieblas mezcladas de oscuridad, y la escasa luz de aquel sitio es como la del crepúsculo: jamás los gallos anuncian allí la vuelta de la aurora: jamás los perros, guardas fieles de una casa, ni los ánsares, más sagaces todavía que estos, interrumpen con su ladrar ni graznidos el tranquilo reposo que allí reina. Ni las fieras, ni los ganados, ni las ramas agitadas del viento, ni las voces de los hombres hacen ruido alguno; aquella es propiamente la mansión del mudo silencio. De lo más bajo del peñasco sale un arroyo, que alguno diría ser el Leteo, cuya corriente, causando un dulce murmullo en las piedrecillas, convida á dormir. A la puerta de la cueva se crían fecundas adormideras, y otras muchas yerbas, de las cuales la noche extrae el jugo soporífero, y lo esparce por el orbe oscuro de la tierra. En toda la casa hay puerta alguna cuyo quicial rechine al abrirla o cerrarla, ni tampoco hay ningún guarda á su entrada. En medio de ella hay una alta cama, cuya armadura es de ébano, sus colchones de plumas, todo negro como la ropa que la cubría: en ella yacía el dios del Sueño con sus miembros como desfallecidos y desmayados. Alrededor de la cama estaban postrados una multitud de vanos sueños, que saben remedar todo género de figuras, y que son tantos en número como aristas tiene la miés, hojas las selvas, y la playa granos de arena. Al entrar Iris en esta cueva apartó con las manos los sueños que estorbaban su paso, y se acerca a la cama del dios: iluminóse la estancia con el resplandor de su vestido, que hiriendo los pesados y soñolientos ojos de aquel, se los hizo abrir, aunque con dificultad, y levantar la vista un poco, volviéndose al momento á quedar medio dormido; pero por último despertó algo, y levantando la cabeza, y tocándose el pecho con la trémula barba, y apoyado sobre el hombro izquierdo, le preguntó a Iris cuál era la causa de su venida. Ella entonces le dijo: «¡Oh Hipnos, que eres el más agradable de todos los dioses! ¡Oh Hipnos! descanso de las fatigas tranquilidad del ánimo, enemigo del desasosiego, que halagas y reparas para que continúen el trabajo los miembros fatigados con las diarias tareas, dispone que los sueños que remedan a la perfección las verdaderas figuras, vayan á Tarquinia, y presentándose á Alcione bajo la imagen del rey Ceix, su esposo, le representen su naufragio. Juno es quien lo ordena y me ha encargado esta diligencia.» Después que Iris desempeñó el precepto de Hera (Juno) se retiró, porque no podía tolerar más la eficacia soporífera ni los vapores soñolientos de aquella casa, y sintiéndose acometida del sueño, se apresuró y volvió por el mismo arco en que poco antes había venido. Entonces el dios, de entre la multitud de los sueños que rodeaban su cama, escogió a Morfeo, artífice é imitador de las figuras. Ninguno con más destreza que él remeda y representa cuando se le manda el modo de andar, la fisionomía, el eco y sonido de la voz, los vestidos y las palabras que son más usados del que quiere figurar; pero este sueño solo imita y representa á los hombres; más el otro á quien los dioses llaman Icelo, y los hombres Fobetor, se reviste de la figura de fiera, de ave, de serpiente y de los demás seres del reino animal. Hay otro de tercera especie, llamado Fantaso, que se transforma en tierra, en peñasco, en agua, en madero y en cualquier cosa inanimada. Estos tres frecuentan solo de noche los palacios de los reyes, de los grandes y generales, y representan sus figuras; los demás sirven para la plebe. De estos dos no hizo caso el dios anciano, y de aquellos tres hermanos eligió a Morfeo para que desempeñase el encargo y mandato de Juno que le había intimidado Iris, y al punto volvió á dejar caer su cabeza cargada de sueño, y se cubrió con la ropa de la cama. Morfeo vuela por la oscuridad, sin que sus alas hiciesen ruido alguno, y en pocos instantes llegó á Tarquinia, y despuestas las alas tomó la figura de Ceix, y se presentó ante la cama en que dormía Alcione, descolorida como un difunto, sin vestido alguno y destilando agua su barba y cabellos. Entonces recostandose sobre el lecho, y con lágrimas que le caían por las mejillas dijo de este modo: «¿Conoces á tu Ceix, desgraciada esposa mia? ¿Se ha desfigurado mi rostro con la muerte? Miraré y me conoceras fácilmente; pero en lugar de tu marido hallarás solo su sombra. Tus votos, ¡oh Alcione! y tus sacrificios de nada me sirvieron: he muerto; no te prometas ni esperes vanamente volverme á ver. Noto (Austro) llovedor se enfureció contra la nave en el mar Egeo: levantó una deshecha tempestad, y la sumergió con un fuerte torbellino: yo clamaba invocando y repitiendo tu vano nombre, y en esa actitud inundaron y cubrieron mi boca las olas. No son estas noticias dadas por un autor sospechoso, ni estás oyendo vagos rumores: yo mismo que estoy presente te anuncio mi desgracia y mi naufragio. Levántate prontamente; abandónate al llanto; vístete de luto y no permitas que mi sombra baje al Tártaro, morada de las almas, sin haber sido llorada.» Morfeo dijo todo esto imitando la voz de Ceix, de modo que Alcione creía que era él: tan bien remedo su llanto, y todas sus acciones y disposición. Alcione entre sueño, empezó a gemir, llorar y á extender los brazos, y en vez del cuerpo de su marido abarzó´el aire sutil, y empezó a exclamar: «Detente, ¿Dónde te vás? Ambos partiremos juntos.» Turbada con la voz que había oído, y con la figura que había visto de su marido, despertó sobresaltada, y á la luz que habían entrado los criados que acudieron á sus voces, registró mirando á todas partes si estaba allí el que poco antes había visto, y no hallándole en paraje alguno, empezó á sacudir y golpear con la mano el rostro y pecho, á rasgar sus vestidos, y á arrancarse los cabellos, diciendo á su aya, que le preguntaba la causa de su llanto: «Y no hay tú tienes á Alcione: ya no existe; feneció con su querido Ceix; no te empeñes en consolarme: murió ahogado en el mar, y acabo de verlo, le conocí, y al ir á coger las manos para detenerle; y que no se fuese, se me desvaneció como sombra, y sombra bien propia, expresiva y verdadera de mi idolatrado esposo, aunque no tenia aquella alegría de semblante que antes, sino que le vi descolorido, desnudo y con el cabello destilando agua todavía. Si, este es el mismo sitio donde estuvo el infeliz: » y miraba si en él había dejado alguna huella u otra señal, y entonces soltando las riendas á su dolor, hablando con su esposo, á quien aún imaginaba presente, se quejaba de este modo: «¡Oh, desgraciado Ceix! tu naufragio era lo que yo temía, y lo que anunciaba el corazón, y por esto te rogaba tan encarecidamente que no te apartases de mi compañía, ni te entregases á la inconstancia de los vientos; pero ya te ibas á perecer ¡ojalá me hubieras llevado contigo! ¡Ay! ¡y cuán bien me hubiera estado e ir en tu compañía, pues no hubiera vivido apartada de ti un momento, y hubiéramos muerto juntos! Ahora muero sin ti, y aunque ausente soy despojo de las olas en que fuiste sumergido, y sin embargo de estar lejos, el mismo mar es el sepulcro de mi cadáver. La memoria de tu naufragio no será mas cruel que el mar y las olas que te anejaron, si tuviera gusto en alargar más la vida y sobreviviré ni me apartaré de ti, y te seré compañera en la muerte, y si en el sepulcro y la urna no se uniesen nuestros huesos, á lo menos estarán unidos nuestros nombres en el epitafio.» El dolor no la dejó proseguir, pues cuando iba á pronunciar las palabras, eran interrumpidas con el llanto y con los gemidos en que el hacia prorrumpir la aflicción de su corazón.
Luego que amaneció salió fuera de su palacio dirigiéndose á la playa, buscando afligida el sitio desde el cual había estado mirando la partida de su marido: en él se detuvo; y observándole detenidamente, decía: «Desde aquí se hizo á la vela; aquí fué en esta misma playa donde al partirse me dio los últimos abrazos»; y cuando estaba mirando y remirando todas estas cosas, tendió su vista hacia el mar, y á la larga distancia vio nadando sobre el agua una cosa que parecía un cadáver. Al principio no podía distinguirse lo que era; pero acercándose con las olas, llegó á conocerse que era un cuerpo, y aunque ignoraba quien fuese, se conmovió y asustó considerándole de algún naufragio, y como si se condoliese de un desconocido, dijo: «¡Oh infeliz, cualquiera que seas, é infeliz de tu esposa si eres por ventura casado!» El cuerpo se fue acercando poco á poco con las olas, y cuanto más lo mira Alcione, tanto más se aumenta su turbación. En fin cuando ya estaba cerca de la playa y á distancia que pudiese ser conocido, le miró con más atención; y viendo que era su marido, exclamó: «El es, él es»; y al mismo tiempo se hiere el rostro, arranca sus cabellos, rasga sus vestidos, extendiendo hacia Ceix sus trémulas manos, dice: «¡Así, carísimo esposo, asi, infeliz vuelves á mí para acrecentar mi dolor!» y arrebatada del más fiero sentimiento, dio un gran salto que parecía vuelo, y efectivamente lo era, y se puso sobre una especie de muelle que servía para que en él quebrara y amansara la impetuosidad de las olas, y desde allí convertida en ave é hiriendo el aire con las alas que la acababan de nacer, iba volando sobre la superficie de las aguas, y al mismo tiempo en lugar de lamentos su boca convertida en pico profería un sonido triste y lastimoso. Más luego que llegó a tocar el cuerpo de Ceix lo abrazó con sus recientes alas, y empezó á besarle con el duro pico. Aquellos que habían acudido á la ribera, observando que el cadáver se incorporaba algo, dudaban si era porque hubiese sentido las caricias de su esposa, ó si el ímpetu de las olas le hacía tomar aquel movimiento; pero fué porque las había sentido, y porque apiadandose de ellos los dioses, los convirtieron en aves. Después de esta transformación se conservan el mismo mutuo amor; y durante los siete días que la hembra está en huevos en el nido, sostenido sobre la superficie del agua, el mar está tranquilo y navegable; y Eolo, en obsequio de sus nietos, tiene los vientos encerrados para que no salgan á alborotar los mares.
Fue tanto lo que se afligió de la muerte de su madre, que marcho á Claros a consultar el oráculo para saber los medios de resucitarla: pero se ahogó e el camino. Su mujer Alcione le fue a buscar, y logró ser transformada con él en halcón.
Su título «Señora de los Animales», que también ostentaba la Gran Madre minoica, revela sus arcaicas raíces paleolíticas.
Era
hijo de Hibris.
Según el Oráculo de Delfos, Coros, que ansiaba devorarlo todo, estaba condenado a ser vencido por Dice.
