Su naturaleza era muy distinta a la de Céfiro; Bóreas
era muy fuerte y tenía un violento carácter a la par, y eran famosas sus terroríficas tormentas. No le importaba que las
flores perecieran cuando sentían su helado soplo. Bramando, como un monstruo
enfurecido, corría sobre el mar, haciendo saltar las olas a mayor altura que el
mástil de un navío y lanzando las
embarcaciones contra las rocas,
hasta quedar agotado.
Se le conoce como "el raptor de doncellas".
El equivalente en la mitología romana de Bóreas era Aquilo o Aquilón. Un nombre alternativo y más raro usado para el viento del norte
era Septentrio, palabra
derivada deseptem triones, ‘siete bueyes’, aludiendo a la
constelación Osa Mayor. Septentrio es también el origen de la
palabra septentrional, un sinónimo de boreal significando
‘del norte’.
La
leyenda le asigna un tamaño descomunal, gran fuerza física y la capacidad de
producir un soplo muy fuerte que podía conmover la superficie de la tierra e impedir la navegación. A
menudo era representado como un anciano alado, con barba y cabellos hirsuto, generalmente esta vestido con túnica, llevando en una de sus manos un caracol de mar a través del que sopla el aire frío y, la otra mano sostiene parte de la túnica que lo envuelve. Pausanias escribió
que Bóreas tenía serpientes en lugar de
pies, aunque en el arte se le solía representar con pies humanos calzados con
coturnos hasta media pierna.
En una de sus representaciones va provisto, como el Jano romano, de dos rostros opuestos, que sin duda personifican el viento doble que soplaba en el Euripo: el Bóreas y el Antibóreas. Pero esta concepción es excepcional.
El rapto de Oritía fue popular en Atenas antes y después de la Guerra Persa y era representado con frecuencia en vasijas pintadas. En estas, Bóreas era retratado con una fisionomía torva é irritada que a veces aparece congelado y puntiagudo, como endureciendo la nieve y dispersando el hielo, como causa principal de los rayos y de los relámpagos y la única de los temblores de tierra; envuelto en nieblas cuando atraviesa los cielos y de polvo cuando recorre la tierra. El rapto también era dramatizado en la obra perdida de Esquilo Oritía.
Como el resto de los Anemoi, Bóreas era hijo de Astreo (titán de las estrellas, hijo de Crío y Euribia) y de Eos, diosa de la aurora. Pertenece, por
tanto, a la estirpe de los Titanes, seres que personifican las fuerzas
elementales de la Naturaleza.
En la Teogonía se dice que «con Astreo, Eos parió a los impetuosos Vientos, acostada amorosamente la diosa con el dios.
Después de ellos, la Hija de la mañana dio a luz a Eósforo, a los brillantes astros y a todo cuanto corona el cielo».
A Bóreas se le hace padre, de manera
natural, y sin especificar la consorte, de las Auras, ninfas de las brisas.
Otros hijos del dios, fueron Butes, Licurgo, Hemo o Haimos, rey tracio transformado en montaña junto a su
esposa Ródope como castigo a su vanidad e insolencia al compararse con Zeus y
Hera, o las ninfas hiperbóreas, compañeras de la diosa Artemis y diestras
arqueras. Eran tres y sus nombres eran Opis, Hecaerga y Loxo.
Con Cloris, náyade hija del oceánida Fasis o Fases,
río de la Cólquide, fue padre de una hija llamada Irpacea.
Bóreas
estaba estrechamente relacionado con los caballos: la harpía Aelo, que le dio dos hijos,
los corceles Janto y Podarces, que Bóreas regaló a su suegro Erecteo y se decía que había
engendrado doce potros, tras adoptar la forma de un semental, con las yeguas
de Erictonio,
rey de los Dárdanos. Se decía de estos
corceles eran tan ligeros en la carrera, que galopaban por un campo de trigo sin tocar las espigas y en la
superficie del mar sin humedecer los cascos. Plinio el
Viejo (Historia Natural IV.35 y
VIII.67) pensaba que las yeguas podían
ponerse con sus cuartos traseros hacia el viento del norte y engendrar potros
sin un semental.
En relatos posteriores, Bóreas enamorado de la ninfa Pitis, no siendo correspondido a ésta porque prefería a Pan, desesperado de celos la sorprendió y tiró con violencia contra una roca que hizo pedazos. Gea (la Tierra) entonces recibiéndola en su seno la convirtió en pino.
Los griegos creían que habitaba en Tracia --al norte del mar Egeo-- que, para
Grecia, es el país frío por excelencia, y región habitada por los primeros poetas que lo han celebrado.
El
asteroide 1916 toma su nombre de este dios.
Las Boreasmas que se
celebraban en su honor conmemoraban una ocasión en que la fuerza de este viento
dispersó la flota persa cerca del monte Athos (lo cual recuerda otras historias
de vientos salvadores que impidieron invasiones, como los que dispersaron la
Armada Invencible y el «Viento Divino» o Kami
Kaze que desbarató una flota china enviada contra el Japón).
Se decía que Oritía, una princesa ateniense, hija del rey Erecteo y de Praxítea, náyade de la ciudad de
Atenas, y hermana de Procris, fue
largo tiempo el objeto de la ternura de Bóreas. Tracia, donde reinaba, y la memoria de
Tereo, eran impedimento para su enlace; más este dios persiste en sus ruegos,
queriendo más usar de obsequios que de la fuerza. Pero viendo en fin que nada
adelantaba con las persuasiones, se dejó arrebatar de su furia, que es natural
y muy común a tal viento, y dijo: «Con razón se me desprecia, ¿por qué, pues,
he abandonado mis armas, la crueldad y violencia; mi ira y ánimo amenazador, ¿y
he echado mano de ruegos é indignos suspiros? ¿Son, pues, estas las armas que
deben asegurarme la victoria? No, nada me está mejor que el furor y la fuerza,
con la cual arroyo las nubes: con violencia disipo las nieblas, agito los mares,
derribo los robustos robles, cuajo la nieve, y congelo el granizo. Cuando yo
encuentro en el aire, que es mi verdadero campo de batalla, los demás vientos,
mis hermanos, lucho con ellos con tanto ímpetu, que todo el cielo se estremece;
y chocando las nubes unas con otras, despiden el horroroso trueno, y lanzan los
fogosos rayos que atemorizan a todo el orbe. Cuando puedo introducirme en las
concavidades de la tierra, hago estremecer a los Infiernos, y lleno de temblor
a todo el universo. De esta suerte debí pedir a Oritia en casamiento; y Erecteo
sería mi suegro por fuerza, ya que no quiere rendirse a mis ruegos.»
Después que Bóreas dijo estas o
semejantes palabras, sacudió sus alas, con cuyo movimiento se conmovió toda la
tierra, y se encrespó el dilatado mar; habiéndose cubierto después de una nube
oscura y barrido la tierra, levanta por todas partes densas polvaredas, y
arrebata á Oritia entre sus brazos. La violencia del movimiento con que la
llevaba acrecentó su amor; y voló sin descansar hasta Tracia, su reino. Oritia,
hecha reina ya de aquellos helados climas, dio a luz seis hijos, cuatro hembras, Cleopatra, esposa del rey de Tracia llamado Fineo; Quíone, diosa de la nieve; Ctonia e Hiparce, y dos mellizos, que en todo
se hubieran parecido a la madre a no tener alas como el padre. No obstante,
dicen que no nacieron con alas, sino, que les salieron en su adolescencia.
Algún tiempo después Zetes y Calais (así se llamaban estos dos príncipes),
siguieron la carrera de las armas, y embarcándose en la nave de los Argonautas,
que fue la primera que se atrevió a surcar los mares, acompañaron á Jasón á la
conquista del famoso vellón de oro.
Bóreas inspiró a Jean-Philippe Rameau su última ópera, Les
Boréades (1755).
Alphise, reina de Bactriana, está destinada por una profecía a casarse con
uno de los descendientes del dios, los Boréadas.
Sin embargo, se enamora de un joven extranjero, Abaris, que amenaza con
devastar el reino. La reina y su prometido se salvan gracias a una flecha
mágica donada por Bóreas, que derrota a los Boréadas. Apolo aparece y reconoce
a Abaris como hijo suyo, declarándose Bóreas entonces vencido.
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