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23 may 2026

LETRA Y

YAMA, IAMA o YAMARASH
En el marco del hinduismo, Iama es el gobernante del sur, el señor de los espíritus de los muertos y guardián del Inframundo, cuyo camino está custodiado —para evitar que entren los vivos— por dos perros Shabala (‘[pelaje] con manchas, con colores’) de colores manchados, de cuatro ojos y amplio hocico, vástagos de Śaramā y parecidos al can Cerbero griego de tres cabezas.
Se trata de una deidad muy temida debido a que él quien recibe a las personas después de la muerte. Así, es precisamente en esta tarea donde manifiesta sus diferentes aspectos: por una parte, se dice que dirige bondadosamente sobre los antepasados muertos llamados Pitri, pero, por otra parte, es también él quien mide la balanza del karma (las actividades buenas y malas cometidas en cada encarnación) y castiga a los muertos según el resultado. 
Cuando un alma abandona su cuerpo, se encuentra con Iamarash. El contador Chitra Gupta lee un informe acerca de todas las actividades de esa alma en particular, que están registradas en un libro llamado Agra-samdhana (agra: ‘principio’, sam-dhānā: ‘reunión, poner todo junto’). Luego Iamarash da su justa sentencia inapelable.
En los Vedas, Iama es llamado “rey” (samgamano yananam: ‘el que reúne a la gente’) 
En las mitologías más modernas (por ejemplo, el Bhágavata-purana, del siglo XI d. C.) se lo presenta siempre como una deidad terrible, que inflige torturas inimaginables (llamadas Yatana) a las almas en el Infierno.
Su morada se llama Iamaloka (‘el planeta de Iama’) o Kshaia (‘desgaste, destrucción’) y vive en una región del Inframundo llamada Iamapura (‘ciudad prohibida’).
En escritura devánagari se escribe यम (iáma). En sánscrito, la palabra iama no solo significa ‘mellizo’, sino también ‘prohibición’ y ‘restricción’ (como en el Yama y el Niiama del yoga). En inglés se escribe Yama pero se pronuncia igualmente /iáma/. Así que gradualmente en la mitología puránica, Iama empieza a aparecer como Iamarash (el rey de la prohibición) y como Dharmarash (rey del deber) o Dharma (la personificación del dharma, ‘deber o religión’). Su nombre aparece por primera vez en el Rig-veda (el texto más antiguo de las escrituras de la India, de mediados del II milenio a. C.). Iama pertenece a una etapa muy temprana de la mitología védica.
En la mitología griega el papel de Iamarash correspondería al de Hades y Minos.
Había nacido de Vívasuat y de su primera esposa Saraniú. 
Su hermano, el séptimo Manu, otra forma del primer hombre, es hijo de Vivasvat con su segunda esposa Samguiá, quien era el reflejo o la sombra (chaia) de Saraniú. 
En las creencias védicas, Iama tiene una hermana gemela, Iamí (‘melliza’), que fue la primera mujer. En la mitología posvédica, su hermana Iamí es conocida también como Iamuna (el larguísimo río Iamuna, paralelo al Ganges).
En el Majabhárata se describe a Iama con ropajes color rojo sangre, cuerpo brillante, corona sobre la cabeza, ojos relampagueantes. Como Varuna (el anterior rey de la muerte védico) lleva en su mano un lazo (con el que ata al alma luego de arrancarla del cuerpo) del tamaño de un pulgar humano. También se lo representa con gesto severo y montado sobre un búfalo. Sostiene una maza de oro en una mano y el lazo de la muerte en el otro, con el que ata el alma luego de arrancada del cuerpo. Su piel verde contrasta dramáticamente con sus ropajes de color rojo sangre.
Al morir, debido a que fue el primero en llegar al Cielo, se le nombró líder de los muertos (todavía no los juzgaba).
Iama resistió los avances sexuales de su hermana (el primer incesto). Después de que él murió, ella lo lloró tanto que los Devas —para hacerle olvidar su dolor— crearon la noche.
En uno de sus viajes por la tierra, Tama se enamoró de una mortal y se casó con ella haciéndose pasar por un hombre común. Nunca le reveló que él era el dios de los muertos. Al poco tiempo se dio cuenta de que su amada era gruñona, malgeniada y quisquillosa. Todo empeoró cuando ella dio a luz a su primer hijo llamado Yama Kumara. Yama y su mujer peleaban constantemente por la forma en que se debía educar al hijo; la mujer no le permitía al niño hacer nada, siempre llamaba a los sirvientes para que hicieran todo por él. Esto le molestaba profundamente a Yama, ya que quería que se destacara y se valiera por sí mismo, pero los terribles arranques de ira y los escándalos de su esposa lograron que el gran dios de la muerte que tuviese miedo y no se atreviera a decir nada.
Yama pasaba días fuera de casa, escondiéndose de ella, y cuando alguien preguntaba por su esposa no osaba siquiera pronunciar su nombre. El dios se mantenía en la tierra por el amor que le inspiraba su hijo, pero las cosas llegaron a tal punto que Yama decidió volver al Yamapura, la ciudad de los muertos, y limitarse a ver desde lejos cómo crecía su hijo al cuidado de una madre que no le permitía hacer nada por sí mismo.
Una noche, cansado de esta situación, Yama decidió aparecerse a su hijo. Le reveló su verdadera identidad y le prometió el donde curar si hacía el esfuerzo de estudiar con empeño las plantas medicinales y las diversas formas curativas de la naturaleza. Yama Kumara accedió y al cabo de un año, el hijo del dios de la muerte se había convertido en un excelente médico del que su padre se sentía muy orgulloso.
—Siempre estaré a tu lado mientras estés trabajando, y sólo tú podrás verme— le advirtió Yama a su hijo, y prosiguió:
—En caso de que tu paciente tenga curación yo te haré una señal moviendo la cabeza de arriba abajo, pero si tu paciente no tiene curación moveré la cabeza hacia los lados y no deberás intentar curar al enfermo.
Yama Kumara siguió las instrucciones de su padre y muy rápido se hizo célebre como curador de los enfermos. Al cabo de un tiempo, una princesa enfermó gravemente y Yama Kumara fue llamado para atenderla. Como siempre, su padre estaba a su lado y cuando Yama le hizo a su hijo la señal moviendo la cabeza de un lado a otro, éste se rehusó por primera vez en su vida:
—¿Cómo es posible que no permitas a esta hermosa muchacha vivir un poco más?
—Le doy tres días —contestó inmutable Yama— tienes el tiempo necesario para advertir a sus padres.
Pensativo, Yama Kumara se acercó a los padres de la princesa:
—Honorables majestades —les dijo— vuestra hija está muy enferma, pero si logra sobrevivir tres días creo que podrá vivir muchos años.
Al tercer día Yama acudió al lecho de enferma de la princesa para llevársela, pero Yama Kumara lo interceptó:
—Padre, le dijo malicioso, si tratas de llevarte a la princesa ahora, o antes de que cumpla cien años, le diré a mi mamá quién eres realmente y cómo pudo encontrarte.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Yama al recordar a su esposa y su hijo lo vio palidecer; luego, con un respingo y casi en todo divertido contestó:
—De acuerdo, te concedo la vida de la princesa.
Los padres de la muchacha, conmovidos por la curación de su hija, decidieron conceder su mano al afamado sanador. Nadie sabe si el muchacho se arrepintió algún día de haber pedido tan larga vida para su esposa.

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